“Ocho personas han sido asesinadas por un hombre adulto que, armado con una escopeta, irrumpió en…” Marcos apagó la radio. Cómo está el mundo, cada día más loco, pensó. Ya hacía tres semanas que lo había dejado con la novia, y su estado de ánimo no era mucho mejor. Después de tantos años fue un golpe que no se esperaba y no supo encajar. Ni siquiera las botellas de Brugal que yacían vacías a los pies de su cama habían conseguido hacerle olvidar su pena. La frondosa barba ya le cubría la cara, y desde aquel desastroso día no había vuelto a salir a la calle. Hasta abandonó la segunda de sus pasiones, el equipo de sus amores que se estaba jugando la salvación en los últimos partidos de la temporada. El fútbol ya no le interesaba. Los amigos le intentaban animar sin éxito, y ya no sabían que hacer para que aquel ser (por llamarle de alguna forma, ya que casi se había convertido en un espectro) volviese a la vida. Es cierto que su novia era muy guapa, lista y bastante simpática con todos, pero la conducta de Marcos sobrepasaba todos los límites imaginables. Además, en los últimos meses su relación de pareja había empeorado considerablemente. Las discusiones por bobadas eran frecuentes, apenas tenían tiempo para verse e Irene, que así se llamaba la novia, empezó a salir con otra gente que no siempre eran buenas compañías. Con todo, Marcos nunca pensó que la situación se fuese a torcer tanto. Por eso cuando quedaron aquella calurosa tarde en la cafetería de siempre, en su rincón especial, nada hacía presagiar que fuese la última vez que se iban a ver. Pero ella ya lo tenía todo pensado, y nada iba a hacer que se echara atrás en su decisión. Tampoco era fácil para Irene, pero el cariz que había tomado su relación no hacía presagiar nada bueno, y prefirió cortar antes de que fuese a peor.
De eso hacía tres semanas. Para Marcos, muerto en vida, se hicieron tres años. La pena no le dejaba vivir, sus ojos se volvieron rojos y las lágrimas cayendo por las mejillas fueron permanentes. Sin comer y sin dormir, pronto le empezaron a faltar las fuerzas. El único hilo que le unía a la vida era la esperanza de poder volver a ser feliz junto a Irene. Pero como escribió Argüelles, “la esperanza es una especie de religión que no trae más que dolor y que es algo así como la antesala del infierno”. Y cuando Marcos, una de esas tardes en las que se embobaba mirando por la ventana el bullicio de esa calle que no había vuelto a pisar, vio como Irene paseaba de la mano con otro hombre, ese hilo que le mantenía con vida se rompió y las puertas de la eternidad se abrieron para él.
-Dani-